14/1/2013

Consanguinidad Vs democracia (Vs religión)

El paso de las sociedades basadas en el parentesco a las sociedades basadas en el territorio y el estado como es sabido es uno de los grandes temas de la antropología política. Según la más clásica descripción de Morgan, la sociedad política está organizada alrededor de la propiedad y las personas bajo una ley común, a diferencia de la sociedad gentilicia más primitiva, que todavía descansa en relaciones puramente personales y familiares. Las sociedades anteriores al estado pueden describirse, en opinión de Gellner, como “tiranías de primos” en donde (según la descripción de Fukuyama) “tu mundo social está limitado por los círculos de familiares que te rodean, los cuales determinan lo que hiciste, con quién te casaste y casi todo lo demás en la vida” (The origins of political order, Pág. 54).

A pesar de que la sociedad política descansa hoy sobre bases muy distintas a la familia, desde luego sería un error inferir que ésta ha dejado de influir políticamente en el mundo. Dos científicos políticos acaban de publicar en una revista de estudios transculturales un trabajo que examina la asociación entre democracia política y consanguinidad, entendida esta última como “matrimonio y sucesivo emparejamiento entre primos segundos o parientes cercanos). Las dos variables analizadas en una muestra de 70 naciones han mostrado una correlación relativamente modesta (= −0.632) pero interesante para el standard de las ciencias sociales. Si no para establecer una verdad apodíctica, la asociación parece mostrar una pista que merece la pena seguir. En el extracto:

Los datos sugieren que allí donde las redes de parentesco consanguineas son numéricamente predominantes y han sido hechas para construir un estado común, es improbable que la democracia se desarrolle. Una posible explicación para este hallazgo incluye la idea de que el flujo genético restringido desde los matrimonios consanguineos facilita un colectivismo rígido que es hostil al individualismo y el reconocimiento de los derechos individuales, que son elementos clave del ethos democrático. Además, altos niveles de similitud genética dentro del grupo podrían desincentivar la cooperación entre grupos de parentesco grandes que comparten la misma nación, inhibiendo la democracia. Finalmente, la similitud genética que surgen de la consanguinidad podria facilitar la depredación de recursos por los miembros de las redes familiares de la élite como una forma de conducta basada en la eficacia inclusiva. 

Además de la persistencia de las redes familiares consanguineas, la fuerza de la religión es otro conocido factor de resistencia a la democracia política. Los países cuya poblaciones valoran más a Dios en sus vidas, también son los países donde la democracia es menos fuerte. Pero sería un error concluir que la religión simplemente se opone a la democracia. De hecho, también hay evidencias de que las redes religiosas fuertes pueden incrementar la confianza en las instituciones, lo que puede servir para sustentar a la democracia. De hecho es interesante recordar que, en la tradición occidental, la religión cristiana mayoritaria en parte surgió en oposición a las formas consanguineas de familia, prohibiendo o dificultando el matrimonio entre primos y familiares, y preparando más que obstaculizando la creación de grandes unidades políticas a largo plazo.