20/12/2012

Sexo y agresión. Por qué es más raro que las mujeres maten a extraños

Aunque la narrativa cultural que presenta a los hombres sistemáticamente como perpetradores de violencia y a las mujeres como víctimas es ciertamente errónea, hay evidencias de que existen diferencias tanto en la escala como en los tipos de violencia que emplean hombres y mujeres a través del mundo.

Según Janet Hyde (citado por David Buss, 2010) los hombres tienen en general más fantasías agresivas que las mujeres. También tienen mayor tendencia a iniciar agresiones físicas, a imitar conductas agresivas y a golpear a otros en condiciones experimentales. Las diferencias también son notables en los homicidios del mismo sexo. Los hombres son significativamente más proclives a matar a individuos de su mismo sexo en todas las culturas (Daly y Wilson, 1988).

En cambio, no todos los hombres participan de igual forma en la violencia y un predictor significativo es tan sencillo como la juventud. Wilson y Daly bautizaron este efecto como el “síndrome del varón joven”. Se puede apreciar gráficamente en las tasas de homicidios por edad (Daly y Wilson, 2001):


Tasa de homicidio comparada con la edad del homicida


Adam Lanza
Las masacres indiscriminadas cometidas por individuos solitarios, como atestigua recientemente el caso de Newtown en EE.UU, son casi sistemáticamente cometidas por varones jóvenes despechados. De los 16 casos registrados de matanzas similares en escuelas, de 1927 a 2012, sólo dos no corresponden a perpetradores jóvenes. Además, este tipo de asesinatos parecen darse en muchas culturas diferentes, lo que sugiere profundas raíces en la evolución humana. Daly y Wilson conjeturan que el fenómeno podría tener que ver con el encarnizamiento de la competencia masculina en los jóvenes: “los hombres jóvenes son especialmente formidables y especialmente propensos a tomar riesgos porque constituyen la clase demográfica sobre la que se dio la más intensa selección para las capacidades competitivas de nuestros ancestros” (Daly y Wilson, 1994).

Está claro que Adam Lanza no era un joven especialmente “formidable”, aunque sí lo fueran las armas de las que dispuso gracias a la liberal política de armas de su país nativo, herramientas letales absolutamente desconocidas en el paisaje adaptativo ancestral.

Matar niños, aparte del horror moral que produce, parece ser el acto más contrario a los mandatos reproductivos, pero según Michael Mills, las masacres indiscriminadas de hecho podrían tener una razón evolutiva que tiene que ver con el “lado oscuro” de nuestra naturaleza:

Si la evolución “quiere” que copies tantos genes como puedas en la siguiente generación, tener muchos niños es la solución obvia. Sin embargo, la eficacia inclusiva es relativa, no absoluta. Esto es, la naturaleza no “dice” (eficacia inclusiva absoluta): “Ten 2 niños (o ayuda a 4 hermanas) y entonces puedes detenerte. ¡Buen trabajo! Has acometido tu deber genético, y ahora ya puedes morir...” En su lugar, la naturaleza “dice” (eficacia inclusiva relativa): “Reprodúcete más que tus competidores. Tus competidores son todos aquellos cuyos genes de la especie no compartes. Si el resultado medio de la eficacia inclusiva es 4, entonces ve por 5...” En otras palabras, nuestras adaptaciones psicológicas están diseñadas no sólo para “mantenerse al nivel de los García” sino genéticamente para “hacerlo mejor que los García”. 
Aquí es donde aparece la parte malvada de la naturaleza, incluyendo la naturaleza humana. Una desafortunado corolario de la eficacia inclusiva relativa es que un organismo también puede incrementar su eficacia inclusiva reduciendo la eficacia inclusiva de los demás. Reduciendo la proporción de los genes (no familiares) de los demás en el acervo genético incrementará la proporción de los tuyos. Esto hace que potencialmente el asesinato, el genocidio, la guerra y otras cosas malvadas posean ventajas genéticas relativas. Esto sugiere que la naturaleza humana incluye algunas adaptaciones malvadas que, cuando son desencadenadas por ciertas circunstancias, pueden resultar en una conducta homicida, incluyendo las matanzas solitarias.

¿Pero por qué prácticamente sólo los hombres protagonizan estas matanzas? Una razón ya ha sido sugerida: los hombres son, en general, menos aversos al riesgo, están más habituados a participar en conductas agresivas, además de que se suicidan significativamente más que las mujeres, especialmente después de la adolescencia. Todas estas características hacen que la figura de una asesina solitaria de niños sea todavía más improbable que la de una combatiente en tierra extraña (las mujeres no parecen estar muy dispuestas a participar en acciones de guerra por más que los ejércitos supriman las barreras de sexo).

Otra razón, que también tiene profundas raíces en la evolución humana, es que las mujeres están más habituadas a relacionarse en grupos íntimos y de hecho son más “sociales” que los hombres en estos contextos (aunque los hombres son igual de sociales que las mujeres si se contabiliza la participación en grupos más grandes, como ha demostrado Roy Baumeister).

La agresión femenina se da mucho más contra íntimos que contra extraños, aunque las mujeres pueden ser desde criminales íntimas hasta consumadas "asesinas en serie", y la evidencia de que este tipo de crímenes es "rara" es contestable. Ahora es políticamente incorrecto decir esto, pero una variedad de estudios serios muestran que la violencia doméstica es bidireccional y simétrica (Archer, 2000; Straus, 2010 y un resumen excelente en español). Además, una parte del  comportamiento femenino abusivo se dirige también contra los niños, incluyendo el infanticidio, mucho más frecuentemente cometido por mujeres. Según los datos del Departamento de Salud y Servicios Sociales de EE.UU el 65% del abuso infantil es cometido por mujeres (Ver anexos 17 a 21 del "Informe Iceberg"). Aunque con un perfil psicológico diferente, se puede recordar que el asesino noruego de masas Anders Breivik probablemente recibió abusos sexuales de su madre. Tanto en el caso de Lanza como en el de Breivik el centro del conflicto parece girar en torno a la relación de los asesinos con la madre, en el contexto de un padre ausente o apartado.

El hecho de que la agresión femenina resulte menos espectacular y merezca menos titulares no es una razón para dar la engañosa impresión de que la agresión es un dominio masculino. Debido a que los hombres tienden a caer más en los extremos positivos y negativos (en inteligencia, creatividad, sociabilidad, problemas de salud, etc) los previsibles "demonios" de la violencia masculina hasta cierto punto están equilibrados por otros ángeles de ayuda y cooperación humana. Los hombres matan más a extraños, pero también se sacrifican y los ayudan más, en especial en condiciones de riesgo, como muestra la fuerte masculinización de las profesiones arriesgadas (bomberos, profesionales que participan en actividades de rescate, soldados en misiones de paz, etcétera) en todas las culturas.

ACTUALIZADO (30-DIC-2012)



ResearchBlogging.orgArcher, J. (2000). Sex differences in aggression between heterosexual partners: A meta-analytic review. Psychological Bulletin, 126 (5), 651-680 DOI: 10.1037//0033-2909.126.5.651

Straus, M. (2010). Thirty Years of Denying the Evidence on Gender Symmetry in Partner Violence: Implications for Prevention and Treatment Partner Abuse, 1 (3), 332-362 DOI: 10.1891/1946-6560.1.3.332

Daly, M., &; Wilson, M. (1985). Child abuse and other risks of not living with both parents Ethology and Sociobiology, 6 (4), 197-210 DOI: 10.1016/0162-3095(85)90012-3

Daly M, &; Wilson M (2001). Risk-taking, intrasexual competition, and homicide. Nebraska Symposium on Motivation. Nebraska Symposium on Motivation, 47, 1-36 PMID: 11759345

Buss, D. (2010). Agression and warfare en Evolutionary psychology. The new science of the mind. Pearson