14/12/2012

¿El fin de la libertad de expresión?

Algo está minando la libertad de expresión en las naciones occidentales y no es ningún caudillo tradicionalista, ningún autócrata musulmán, ni las odiosas "leyes contra la blasfemia".

George Lukianoff es el presidente del think tank FIRE (Foundation for Individual Human Rights) y el autor de un libro reciente en el que analiza el clima de censura política y cultural que viven las universidades norteamericanas.

Según un estudio de FIRE, hasta el 65% de los principales institutos norteamericanos mantienen "códigos de expresión" (speech codes) que violan los principios constitucionales de la primera enmienda, favorable a cosas en aparente desuso como la libertad de expresión. Los temas que con mayor probabilidad pueden costarle problemas a un alumno o a un profesor tendrían que ver realmente con tres dogmas del consenso liberal: políticas de discriminación positiva, matrimonio homosexual, o derecho al aborto.

Previsiblemente, buena parte de estas políticas de censura afectan a temas raciales. Para poner un ejemplo, un programa "educativo" de la universidad de Delaware definía un racista como cualquiera que haya resultado "privilegiado y socializado en la raza sobre la base del supremacismo blanco". Y la tendencia está muy extendida. Ideas parecidas las suscribiría el activista ateo y "escéptico" PZ Myers, o quizás la misma Asociación Humanista Americana, que últimamente patrocina la idea de que es precisamente el "supremacismo blanco" el culpable de que haya menos ateos negros.

Sólo aproximadamente un 30% de estudiantes en EE.UU piensa que es seguro mantener opiniones impopulares en sus universidades. Si eres un investigador o un profesor, el porcentaje baja al 19%. Un porcentaje comprensible, habida cuenta de que si eres una personalidad académica e insinúas opiniones que van contra el "consenso", realmente te juegas el puesto. Un caso ejemplar es el de Lawrence Summers, que dimitió como presidente de Harvard en 2006 por cometer el "crimen de pensamiento" de sugerir que las diferencias de sexo en las carreras de ciencia podrían deberse a causas naturales. Y tenemos también los incidentes con Warrell Farrell en la universidad de Toronto.

Según Lukianoff este clima de miedo e intolerancia, y a veces de violencia, está levantando barreras ideológicas y haciendo que los estudiantes y los académicos estén cada día menos expuestos a escuchar los puntos de vista opuestos, algo extraño en una institución que debería ser un bastión del libre examen.