10/12/2012

Desigualdad reproductiva y decadencia occidental

"Woodstock"

El “hecho más menospreciado sobre los hombres” según Roy Baumeister, es que cada uno de nosotros, hombres y mujeres, descendemos de muchas más mujeres que de hombres. Según el cálculo mediante análisis de ADN de Jason Wilder (2004) el 67% de nuestros antecesores son mujeres y sólo el 33% son hombres. La tragedia masculina es que la mayoría de los hombres no renuncian voluntariamente a dejar descendencia, simplemente no resultan “elegibles” para la reproducción. Esta marcada tendencia de la selección natural tiene además una historia profunda. Trivers (1972) cita estudios con drosophila que constatan que la suerte reproductiva varía sobre todo en función del sexo, con al menos dos hechos fundamentales: 1) muchos más machos fracasan a la hora de reproducirse y 2) el éxito reproductivo de las hembras no depende de su capacidad para atraer a los machos. Excepto cuando el cuidado parental de los machos se convierte en un valor limitado para las hembras, esta tendencia es robusta a lo largo de una enorme variedad de especies, llegando hasta el ser humano.

Nuestra especie no es “natural” o inevitablemente monógama, pero las normas monógamas pueden evolucionar si son capaces de aportar beneficios a los individuos o a los grupos. Según Joseph Henrich y sus compañeros (2012), la monogamia podría haber evolucionado proporcionando ventajas específicas a los grupos sociales monógamos, haciendo que se debilite la competencia sexual entre machos, reduciendo la violencia doméstica y aumentando el bienestar de los niños via una mayor inversión parental. Este mayor igualitarismo reproductivo, favorecido por la monogamia normativa, y quizás por lo que llaman estrategias de selección r/K, podría estar en el origen de la misma democracia política y ser la verdadera explicación de por qué este sistema político surge primero en occidente. Por otra parte, la monogamia no fue un diseño masculino, y se piensa que la elección femenina ha jugado un papel importante (Gavrilets, 2001, 2012).

Hasta la década de los años sesenta del siglo pasado, la monogamia heterosexual era normativa en el “orden social moderno”, para decirlo con Charles Taylor. A partir de lo que se ha llamado “revolución sexual”, o “liberación sexual”, sin embargo, las instituciones y normas monógamas se han enfrentado con fuertes críticas y oposición cultural. Mientras que algunos movimientos “contraculturales” proponían abiertamente un regreso a la promiscuidad primitiva, otros grupos de activistas sociales ponían en cuestión el matrimonio heterosexual, la fidelidad marital, la abstinencia sexual antes del matrimonio, la definición de "perversión" sexual o el rechazo de las drogas. Todos estos contravalores, en ocasiones basados en ciencia ostensiblemente defectuosa, se han presentado frecuentemente como un signo de “progreso” frente al orden tradicional represivo y “heteropatriarcal” y no cabe duda que siguen ejerciendo una enorme influencia en la definición de los roles sexuales.

Warren Farrell en The myth of male power (1991), distinguía entre los roles sociales de “estadio I”, caracterizados por el imperativo de supervivencia, una división estricta de roles sexuales y un compromiso fuerte con las necesidades familiares, y los roles de “estadio II”, caracterizados por el imperativo de la “autorrealización”, una división idealmente menos estricta de los roles sexuales y un compromiso mucho más condicional entre los miembros de la pareja. En la segunda década del siglo XXI cabe preguntarse si las sociedades occidentales han completado con éxito la transición de un estadio a otro. En mi opinión, de hecho, hay ya serias advertencias de que esta utopía de música pop y "libertad" sexual podría estar saliendo mal, y no todas tienen que ver directamente con la llamada crisis económica.

La más obvia advertencia proviene de la demografía. La mayoría de las sociedades occidentales no están siendo capaces de crear instituciones económicas y sociales capaces de asegurar el futuro de su población. Tasas de crecimiento demográfico como la de España (10 nacimientos por 1000 habitantes) o Japón (8 nacimientos por 1000 habitantes), donde un porcentaje creciente de hombres están abandonando el rol tradicional, parecen incompatibles con el relevo generacional y quizás con el porvenir de la prosperidad.

En todas las naciones occidentales parece aumentar el porcentaje de hombres que no tienen oportunidades reproductivas o renuncian a ellas por distintos motivos. Hay incluso subculturas filosóficas que defienden el “separatismo” sexual (“antinatalistas”, “men going their own way” o feministas radicales que saludan el “fin de los hombres” o fomentan legislación fuertemente discriminatoria contra los varones). El hecho es que cada vez hay más solteros. En España, no el peor de los países en esto, había en 2009 más de 8 millones de personas entre 25 y 65 años sin pareja. Aproximadamente el 20% de la población. Y subiendo. De acuerdo con una investigación de Euromonitor International, el número de personas que viven solas está disparándose globalmente, desde los 153 millones de 1996 a los 277 millones de 2011, un aumento de alrededor del 80% en sólo 15 años.

Habida cuenta de que tener pareja, especialmente para los hombres, de hecho está relacionado con una mayor expectativa de vida y mejores perspectivas de salud física y mental (Darwin ya escribió sobre la mala fortuna de los solteros en El origen del hombre) el conjunto de estas cifras deberían servir para iniciar una reflexión e intentar elaborar un buen diagnóstico.

Estamos habituados a definir la igualdad en términos de igualdad económica, o de igualdad política, pero no a hablar específicamente del tipo de igualdad reproductiva que beneficia a la mayoría de los hombres y a las “clases medias” sexuales. Por añadidura, los debates sobre “derechos reproductivos” tampoco parecen preocupados porque aumente el número de personas, y de hombres en especial, que crecientemente no tienen ningún “derecho” sexual y reproductivo que ejercer en primer lugar.

Desde luego, las preferencias por una sociedad igualitaria no son universalmente estables ni son un destino biológico. Uno puede “preferir” vivir en una sociedad promiscua, aristocrática y desigualitaria, en especial si pertenece a la minoría favorecida, pero si y sólo si estamos genuinamente preocupados por el tipo de igualdad que ha llevado a la tranquilidad social y la relativa prosperidad que disfrutamos en las últimas décadas, una inevitable conclusión es que debemos incluir la igualdad reproductiva en la agenda: Sin igualdad reproductiva no hay igualdad.


Referencias

Gavrilets, S. (2001) The evolution of female mate choice by sexual conflict. Proceedings of the Royal Society B: Biological Sciences, 268(1466), 531-539. DOI: 10.1098/rspb.2000.1382

Gavrilets, S. (2012) Human origins and the transition from promiscuity to pair-bonding. Proceedings of the National Academy of Sciences, 364(1533), 3191-9928. DOI: 10.1073/pnas.1200717109

Henrich, J. (2012) The puzzle of monogamous marriage. Philosophical Transactions of the Royal Society B: Biological Sciences, 34(2), 190-669. DOI:10.1098/rstb.2011.0290

Trivers, R.L. (1972). Parental investment and sexual selection. In B. Campbell (Ed.), Sexual selection and the descent of man, 1871-1971 (pp. 136–179). Chicago, IL: Aldine. ISBN 0-435-62157-2

Wilder, J. A. (2004) Genetic Evidence for Unequal Effective Population Sizes of Human Females and Males. Molecular Biology and Evolution, 21(11), 2047-2057. DOI: 10.1093/molbev/msh214