22/11/2012

En defensa de la represión

"Ulises y las sirenas"

Reprimir un instinto natural o una tendencia egoísta es una característica permanente de la vida social y un pilar de la civilización humana. La misma corteza prefrontal del ser humano evolucionó para responder a la exigencia de trabajar juntos, seguir normas, diferir gratificaciones y planificar a plazo más largo que los demás primates. Esta capacidad para la represión generalmente ha sido alabada por las corrientes religiosas y filosóficas (de Epicuro a Freud) más respetables, y solo ha sufrido de mala prensa en las últimas décadas, en especial gracias a los movimientos "contraculturales", como reflujo indeseable y descivilizador de las corrientes románticas del siglo XIX.

Ahora, los psicólogos están redescubriendo el valor de la represión, aunque lo llaman "autocontrol".

Según Roy Baumeister el autocontrol es una característica de la vida en sociedad relacionada con valores que normalmente apreciamos como el éxito en el trabajo, la salud mental y física, la buena conducta social y la longevidad. De hecho, de acuerdo con Beaumeister, es complicado identificar algún gran problema personal cuyo fracaso no incluya algún elemento de autocontrol. Hace poco hablábamos aquí mismo del "test de la nube", por lo visto un predictor decisivo del éxito y el fracaso personal desde una edad inquietantemente temprana. Las buena noticia es que el autocontrol es una especie de "músculo" mental que podemos ejercitar con ciertas restricciones, en línea con el cultivo aristotélico de las virtudes o la victoriana "construcción del carácter".

Dan Ariely también ha reflexionado recientemente sobre el valor que tienen los sacrificios desagradables cuando queremos alcanzar metas agradables y qué estrategias podemos desarrollar para reprimir malos hábitos. 

Una cuestión en la que me interesaría profundizar es en qué medida influye la religión, o las alternativas filosóficas seculares, en el comportamiento autocontrolado. En general, mi impresión es que ninguna persona debería abandonar una religión simplemente porque impone restricciones morales a sus deseos. Esa sería realmente una pésima decisión, cuya consecuencia a menudo no se parece a ninguna forma aceptable de humanismo secular, sino a un "secularismo de supermercado".