Me ha parecido interesante contrastar esta opinión "cosmopolita" con el ardor patriótico del científico español más ilustre, Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), que escribía esto en sus famosas Reglas y consejos sobre la investigación científica (1898):
A los profesores de todas clases -físicos, químicos, ingenieros, naturalistas, médicos, filósofos, sociólogos, etcétera, les diría: Trabajad hoy más que nunca por la creación de una ciencia original y castizamente española. No bastará para nivelarnos con los países cultos progresar según el ritmo perezoso de siempre; tan rezagados como estamos, que será preciso concentrar en breves años la energía productora de dos siglos. Si para la magna y redentora empresa os falta valor, rodeaos de estímulos poderosos, de esos excitantes morales que caldean el cerebro e hipertrofian el corazón: insultos que provoquen el trabajo iracundo, recuerdos que aviven continuamente el amor a la patria; o, en otros términos, junto a la retorta, la balanza o el microscopio, poned la bandera nacional que os recuerde constantemente vuestra condición de guerreros (que función de guerra, y hermosísima y patriótica, es arrastrar secretos a la Naturaleza con la mira de defender y honrar a la patria), y tened a la vista, escritos en gruesos caracteres para que toda distracción sea imposible, esas amargas frases de desprecio, esas palabras de depresiva conmiseración y esas punzantes ironías con que escritores extranjeros nos han echado mil veces en cara nuestra falta de originalidad y nuestra pretendida incapacidad para la labor científica.
Este ensayo de Ramón y Cajal está, por otra parte, repleto de patriotismo y referencias explícitas a España, aunque según unos parámetros ideológicos diametralmente distintos a la "ciencia española" de Menéndez Pelayo.