Entre los militantes de la antropología anarquista cabe mencionar a Murray Bookchin, que reivindicaba la "ecología de la libertad" de las primeras sociedades orgánicas y, sobre todo, a Pierre Clastres, cuyo más célebre trabajo sobre los Ache no fué titulado inocentemente La sociedad contra el estado. Como es sabido, Clastres se proponía destacar "el sentido de democracia y el gusto por la igualdad" de las sociedades sin estado, en las cuales el poder político no ha aparecido aún como un órgano separado de la sociedad.
El anarquismo de John Zerzan llega más lejos aún, al defender un pintoresco primitivismo traicionado por la agricultura, la domesticación de los animales y la tecnología.
La relación entre antropología y anarquía es lo suficientemente profunda como para contagiarse en la literatura popular. Al fin y al cabo, los científicos de Avatar (James Cameron, 2009) son algo así como antropólogos (dando por supuesto que los alienígenas azules pertenecen a nuestra especie sapiens) que llevan tan lejos el método de la empatía y la observación participante como para transformarse biológicamente en nativos. De hecho, el papel de la ciencia en la película -vista desde el punto de vista del antropólogo cultural- sigue siendo fundamental para entender la crítica al estado imperialista y el desvarío ecológico del ser humano moderno.