La historia profunda de la estética arraiga en los primeros ornamentos naturales desarrollados por los animales y evolucionados mediante "selección sexual", tal y como sugirió Darwin. Es cierto que el arte como tal es desconocido en animales e incluso homínidos no humanos, pero nuestro linaje más arcaico sí evolucionó una extensa comunicación basada en la visión y los sonidos. Se conoce incluso que muchos primates en cautividad disfrutan pintando de un modo similar a los niños humanos, y las apreciadas obras de Congo, un chimpancé entrenado por Desmond Morris, revelan importantes diferencias individuales entre la misma especie.
La diferencia crítica radicaría tanto en el desarrollo de tradiciones culturales como en cruciales cambios neuroanatómicos asociados a menudo con la evolución de los gestos manuales y, en particular, con la emergencia del lenguaje. Por eso lo que ya llaman neuroestética es una disciplina esencial para desentrañar los mecanismos próximos que nos permiten producir, comprender y disfrutar una obra de arte, quizás desde tiempos aún más remotos a los que sugiere el registro arqueológico.
No es de extrañar que algunas de las reflexiones más interesantes sobre arte y estética se publiquen hoy en una revista de anatomía, es decir, de ciencias naturales.

Zaidel, D. (2009). Art and brain: insights from neuropsychology, biology and evolution Journal of Anatomy DOI: 10.1111/j.1469-7580.2009.01099.x
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