Gracias a la "masiva movilización" extensamente orientada a eclipsar el juicio crítico entre imágenes conmovedoras, los conservadores más extremistas aspiran a la hegenomía en el conservadurismo social y casi han conseguido convertir una ley que de hecho restringe el alcance de las prácticas abortivas, al fijar una ley de plazos que antes no existía, en una prolongada dramatización iconocrática donde encontramos nuevos Herodes, capitalistas sanguinarios y políticos o intelectuales "darwinistas" sin compasión.
La campaña se envuelve bajo el lema de la "cultura de la vida", una estrategia muy moderna a pesar de su pretendido marchamo milenario, pues ni las iglesias cristianas tradicionalmente han sancionado el aborto del mismo modo o por los mismos motivos (la teoría de que el embrión masculino recibía el alma a los 40 días de gestación frente a los 80 días que tardaba en recibirlo el embrión femenino no fué abolida, por ejemplo, antes de 1869), ni sus doctrinas fueron insolidarias en general con la "cultura de la muerte", como prueba que los teólogos avalasen tanto la pena capital como la violencia sagrada, a través de la doctrina de la "guerra justa".
En realidad, los conservadores religiosos desean instaurar leyes "africanas" que terminarían penalizando prácticamente cualquier práctica abortiva regulada. No hay más que observar el mapa mundial sobre la ley, y el claro desequilibrio del primer mundo en comparación con el subdesarrollismo prohibicionista. Pero es que, últimamente, parece que para El Vaticano algunos de los mejores ejemplos morales provienen del tercer mundo.