El ataque frontal a lo que llaman "laicismo" se ha convertido en un género literario cultivado intensivamente estos días por columnistas, pundits y políticos conservadores. No hace falta proporcionar ejemplos y enlaces, porque las plataformas, digamos, pro-católicas, o simplemente adversas al actual gobierno socialista, rebosan de este tipo de clericalismo revisionista.
En general, el problema se plantea en torno a la capacidad del estado para legislar sobre determinadas materias (singularmente la educación), y sobre la diferencia entre la "sana laicidad" preferida por los católicos y la insalubre "sociedad laica" que al parecer planean imponernos los políticos progresistas. A veces el problema está mal enfocado desde el lado "laicista". Muchos partidarios de la secularidad continúan cometiendo el error de suponer, por ejemplo, que la religión debe reservarse exclusivamente al ámbito privado. Pero es evidente que ninguna religión puede sobrevivir como un trato privado. Cualquier culto religioso tiene una expresión pública que desborda el recinto de la conciencia particular, del creyente. En esto no se distingue la religión de los clubes deportivos o las asociaciones de teatro de títeres. Una política laica no debería aspirar a eliminar esta dimensión pública de la religión, o del folklore popular, sino a constreñir y limitar su influencia política, así como científica o educativa.
Al fín y al cabo, ¿por qué los conservadores religiosos tienen tantos problemas en aceptar la máxima de que la fe no legisla? Estas reservas son poco comprensibles, y sólo pueden esconder la increíble hipocresía de un colectivo nostálgico con el horizonte teocrático, del derecho divino, pero que a la vez se resiste a abandonar las ventajas objetivas (y a veces, privilegios) que les proporciona el liberalismo y la modernidad política. Si realmente "la racionalidad es nota propia del acto de la fe", ¿por qué entonces ese incesante empeño en volver a introducir lo dogmático y sobrenatural en los debates científicos, éticos y políticos?
martes 13 de mayo de 2008
Un nuevo género literario
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6 comentarios:
Respondo a tu pregunta:
1) Porque toda física requiere una metafísica, y toda ética una física, como sabían los clásicos y has de saber tú. Si no se postulan, se presuponen, no vale fingir ignorarlas. De ahí que una cuestión moral y dogmática como la inmortalidad del alma (el hecho de que yo pueda o no pueda salvarme) devenga una cuestión científica y argumentable (si existe algo distinto a la materia).
2) Porque desde Platón y Aristóteles la metafísica versa sobre los primeros principios, esto es, sobre lo incondicionado, que no puede ser natural. La filosofía, a su vez, se define como aquella disciplina que no sirve a ninguna otra, sino que toma de todas ellas, situándose sin embargo fuera del circuito de producción de nuestras sociedades.
3) Porque el saber tiende a la unidad. Desde antiguo -y al menos hasta Lutero- la teología, la moral, el álgebra y la música se han venido considerando expresión distinta de los mismos contenidos, variando sólo su nivel de abstracción y modo de codificación.
4) Porque ha habido y hay una infinidad de cristianos ilustrados en todos los ámbitos del saber (siendo relevante su condición de tales) y se han dado incluso varias ilustraciones cristianas, de Erasmo a Lessing.
Señor Molder.
1. La meta-física aludía, en principio, a una clasificación espacial de Andrónico de Rodas en el siglo I d.C. sobre los volúmenes conservados de Aristóteles. El libro conocido como meta-física era "el que va después de la física". Esta es la definición más operativa de metafísica que conozco.
2. Que los "primeros principios", sea esto lo que sea, no pueden ser "naturales", es una afirmación dogmática. La actitud científica (o naturalista, tal como la entendemos alguno) se carateriza precisamente por descubrir que lo que se creía "incondicionado" o no natural, realmente no lo era. Toda la historia de la ciencia lo acredita: el mundo de los cielos antes de Galileo, los "espíritus animales" antes de Harvey, el "espíritu vital" antes de la biología moderna, etcétera, aluden a fenómenos considerados un día "incondicionados" y más tarde naturales.
3. Ésto sólo te lo discuto parcialmente: el ideal regulativo de las ciencias no es tanto la unidad, cuanto que la consiliencia. Pero resolver este problema es demasiado complejo y discutido como para despacharlo en un comentario.
4. Cuando más ilustrados sean los cristianos, menos precisarán la "razón" dogmática.
"Muchos partidarios de la secularidad continúan cometiendo el error de suponer, por ejemplo, que la religión debe reservarse exclusivamente al ámbito privado. Pero es evidente que ninguna religión puede sobrevivir como un trato privado"
No es un error, es una estrategia.
Desde la más absoluta humildad y pragmatismo, solamente decir que si la inmortalidad del alma es dogmática no merece la pena continuar hablando, ya tendremos tiempo de hacerlo luego. Aprovechemos el poco tiempo que nos va a durar el cuerpo.
«si la inmortalidad del alma es dogmática no merece la pena continuar hablando»
Si de verdad eso fuera así nos habríamos ahorrado muchas palabras...
De ahí que una cuestión moral y dogmática como la inmortalidad del alma (el hecho de que yo pueda o no pueda salvarme)
Irich ¿Qué contás, tanto tiempo? ¿Ya te leíste algún libro de física para ver qué corno era el átomo y cómo sabemos de su existencia?
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