En España ya no hay liberales. Es cierto que los hubo, antes de ser sofocados por los absolutistas partidarios de Fernando VII, o resistiendo activamente en los dos sitios de Bilbao. Lo que hoy llaman "liberalismo" es en buena medida una continuación del pensamiento eclesiástico por otros medios, los que corresponden a tiempos de temblor y debilidad. Pero la idea ha penetrado tan honda y silenciosamente en la mentalidad de muchos periodistas e "intelectuales", que ya es rutinario leer afirmaciones como "el crucifijo simboliza una doctrina que gestó la mayor parte de nuestra historia y bellas artes". Es decir, la religión como causa y nunca como efecto, una falacia típicamente hegeliana triturada en su momento por Marx (sí, sí, por Marx). Este idealismo histórico, convertido en saber convencional, tiene consecuencias en el modo de percibir el presente. El liberalismo eclesiástico (el de las tres substancias: Alma, Cuerpo y Bilis) ha llegado a convencerse, por ejemplo, de que el partido gobernante es agresivamente "laicista", a pesar de su poco liberal pactismo con las iglesias (con la católica en particular, pero también con el resto), o de que la Educación para la Ciudadanía es un instrumento del "despotismo democrático" divisado por Tocqueville, pese a que se reconozca a la misma Iglesia como "una de las principales vías de transmisión de la ideología progre".
No sólo aspiran a ganar la partida, sino que quieren jugar con todas las cartas de la baraja.
1 comentarios:
Uh... el cronista bárbaro se atreve a hablar de "laicismo contra cultura". Y yo que me he había quedado con la idea de que la Cultura era un invento de la malvada Ilustración...
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