5/10/2007

El "ser social" no determina la conciencia

Rechazando que las formas políticas o jurídicas pudieran haber surgido de la evolución del "espíritu humano", Marx desarrolló una sociología determinista de la conciencia en la que los seres humanos aparecían identificados con la historia de sus "relaciones sociales". Marx no es sólo "uno de los más grandes científicos sociales de la historia", sino quizás el primero de una tradición que continuarán Durkheim, Kroeber y los partidarios del llamado "Modelo Standard de las Ciencias Sociales": la conciencia individual se encuentra subordinada a la ideología de grupo, y ésta a su vez depende del "ser social", del superorganismo político.
El modo de producción de la vida material condiciona los procesos de la vida social, política e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino al contrario: es su ser social el que determina su conciencia.

Del mismo modo que el lienzo en blanco no determina el contenido de la pintura final, el punto de vista del Modelo Standard presupone que la organización evolutiva de la mente humana tampoco tiene una participación decisiva en la elaboración de la vida social y mental. Así, "los fenómenos estudiados por las ciencias sociales son autónomos y se encuentran desconectados de cualquier modelo causal no trivial, originado en nuestros mecanismos psicológicos evolutivos".

De acuerdo con esta Visión Histórica, el ser humano es un perpetuo "recién nacido". Cada generación en cada sociedad política está obligada a re-humanizar (educar, endoculturar, socializar...) al neonato, cuya maleabilidad natural permitirá últimamente a los políticos y educadores alumbrar un "Nuevo Hombre". En los términos de Bujarin, apoyados por Lenin, se trataba incluso de "la fabricación del hombre comunista a partir del material humano de la era capitalista".

La misma sociología dominante de la conciencia que consagra el dogma de la Visión Histórica prohibía el descubrimiento de hechos científicos nuevos pero perturbadores para el historicismo, desterrando en particular las hipótesis naturalistas al exilio del "subjetivismo" y del "gnosticismo" individualista. Pero ¿y si la ideología de los particulares no estuviera, al fín y al cabo, determinada por su ubicación dentro de una "clase"? El marxismo, en efecto, predecía que la ideología de los particulares dependería en cualquier caso de su posición social. Se trataba, además, de una "predicción" autocumplida, sin ninguna instancia empírica capaz de falsarla. Cuando buena parte del "proletariado" se identificaba, no con los partidos "socialistas" o de "izquierda" como cabía esperar, sino con los conservadores, el resultado no era el abandono de la teoría por otra algo más realista, sino la puesta en juego de hipótesis auxiliares capaces de preservar el "núcleo" doctrinal: dicho de modo resumido, si los obreros son conservadores ello se debe a su estado lamentable de "caída" o alienación.

Steven Pinker sintetizaba algunas consecuencias políticas de esta teoría de la conciencia:
1. Si las personas son esencialmente equivalentes, entonces aquellos que se arriesguen a destacar serán clasificados sistemáticamente como avariciosos, como Kulaks.

2. Si la mente carece de estructura innata y es el resultado único de la experiencia social, entonces el control totalitario de la experiencia es lícito y tal vez inevitable.

3. Si es el "ser social" el que configura la conciencia individual, entonces aquellos que han crecido en un ambiente "burgués" pueden resultar sospechosos por sus "malos orígenes".

4. Si no hay una naturaleza humana que guíe el interés familiar por encima del de la "sociedad", entonces la confiscación legal de la propiedad y la colectivización son formas de ingeniería política legítimas.

5. Si las mentes humanas son prácticamente intercambiables entonces no hay sitio para los derechos individuales.
Ocurre que nada en la biología moderna permite apoyar supuestos semejantes: ni las personas son equivalentes o intercambiables, ni la mente humana es una pizarra en blanco, ni la clase puede determinar la ideología de los particulares, al menos, sin tener en cuenta absolutamente la capacidad de la mente humana individual para generar las respuestas a su medio sociocultural.

Los estudios que relacionan las variantes ideológicas con ciertas disposiciones naturales no son nuevos. Se sabe, por ejemplo, (cf. Pinker) que los gemelos univitelinos tienden a desarrollar preferencias políticas similares en buena medida (con un coeficiente de correlación de 0.62). Otros cálculos estimaban que la heredabilidad de la tendencia política se situaba en torno al 0.5.

El último estudio publicado por Nature Neuroscience, que ha obtenido una amplia cobertura mediática (sin faltar no pocas interpretaciones partidistas), estaba basado en las respuestas experimentales proporcionadas por 43 personas sometidas a una serie de pruebas para evaluar sus reacciones ante los cambios de rutina. Los investigadores observaron de qué forma los cambios súbitos en la rutina afectaban al proceso de toma de decisiones y el control de los conflictos, localizado en la corteza cingular anterior. Al parecer, los sujetos "progresistas" mostraron "mayor actividad neuronal relacionada con el manejo del conflicto" comparados con los conservadores, lo que volvía a acreditar cierta correlación entre la actitud política y las dispocisiones psicológicas heredables.

Por supuesto, estudios de este tipo exigen una gran cautela con las extrapolaciones y no sugieren ninguna reducción o "determinismo" naturalista -en contraste con las teorías sociales que sí suelen ser deterministas. Tampoco sugieren sencillamente que los conservadores sean "estúpidos" y los progresistas "listos". Lo que para unos puede ser flexibilidad ante la complejidad, para otros puede aparecer, en un contexto diferente, como inconsistencia de los propios principios. En todo caso, la hipótesis naturalista sólo se convertiría en "absurda" sí y sólo sí llevara a la confusión de política y etología (o de política y neuropsicología). Sin duda, no cabe confundir esferas que son diferentes aunque complementarias, y el propio director de la investigación, ahuyentando el fantasma del "biologicismo", reconocía que "los genes están determinados sustancialmente por el ambiente que rodea al individuo a lo largo de su desarrollo".

Pero seguramente, y esta es la cuestión, tampoco cabe construir hoy una filosofía política de espaldas a la neurociencia, la etología o la psicología evolutiva, prohibiendo de antemano líneas de investigación que son de hecho muy interesantes para conocer la naturaleza darwiniana de la política humana.