viernes 18 de julio de 2008

La revisión conservadora del holocausto

Cada vez es más explícita la alianza de conservadores religiosos, musulmanes y cristianos católicos en particular. Lo ha reconocido estos días el rey Abdulá tras sacudir la mano de un obispo: "Nuestro diálogo será un éxito de la fe contra el ateísmo, de la virtud contra el vicio, de la justicia contra la injusticia, contra la paz de los conflictos y las guerras, y de la fraternidad humana contra el racismo". He aquí una ideología compartida orientada al descrédito del pensamiento secular, definida por los clérigos y divulgada por muchos intelectuales laicos. Pío Moa, por ejemplo, en su última desbarrada, prácticamente calca los argumentos empleados con mayor o menor virulencia por Richard Weikart, Harun Yahya o Ben Stein. Según este propagandista converso, incluso la causa del Holocausto no habría que buscarla en el ciego irracionalismo de los nazis, sino en una racionalidad potencialmente monstruosa e inhumana pregnada de naturalismo científico:

A mi juicio subyace en el Holocausto otra razón más profunda: la concepción científica de que el hombre es, en definitiva, un animal, con ciertos rasgos especiales pero ninguna relación con lo que suele llamarse divinidad. No se trata solo de la lucha por la vida o la selección natural: el hombre, según su interés, impone a los animales procesos artificiales de selección, y a tal fin elimina sin escrúpulos morales a los animales considerados perjudiciales o inferiores.
Como ha apuntado un comentarista de este mismo blog, los efectos del "racionalismo" darwiniano son, en todo caso, devastadores para el racismo político y moral. Si algún contenido paradigmático tiene la "revolución naturalista" fundada por Darwin -en mi opinión al menos- es precisamente el cuestionamiento del esencialismo filosófico y el concepto clásico de "especie" que las teorías racistas han precisado desde Platón. Las especies darwinianas no son ideas eternas, sino poblaciones relativamente estables, y en consecuencia el concepto de "raza" no puede entenderse ya como una esencia biológica o moral. Todas las lecturas "darwinistas" del nazismo se basan sistemáticamente en una caracterización del evolucionismo (y de la teoría de la selección natural, en particular) centrada precisamente en lo que éste menos tenía de científico y más de epocal o circunstancial.

Pero es que históricamente la asociación entre racionalismo, darwinismo y antisemitismo es apenas remota, o cuando menos irrelevante en comparación con otros factores específicamente religiosos y políticos. John Wilkins publicó hace tiempo una instructiva relación de las influencias de la era racionalista cristiana en la judeofobia, desde el medioevo hasta la época moderna. Tal y como reconocía, en un testimonio demoledor, el cineasta Ingmar Bergman:
Casi toda nuestra educación estuvo basada en conceptos como pecado, confesión, castigo, perdón y misericordia, factores concretos en las relaciones entre padres e hijos, y con Dios. Había en ello una lógica interna que nosotros aceptábamos y creíamos comprender. Este hecho contribuyó posiblemente a nuestra pasiva aceptación del nazismo. Nunca habíamos oído hablar de libertad y no teníamos ni la más remota idea de a qué sabía. En un sistema jerárquico, todas las puertas están cerradas.
Como será la cosa que hasta asociaciones judías han debido salir al paso públicamente contra esta frecuente instrumentalización y trivialización de los crímenes nazis, y del holocausto en especial, practicada por los ultraconservadores. Hoy mismo conocíamos que una universidad hebrea cancelaba una presunta "conferencia de reconciliación" promovida por "científicos turcos" ante el temor fundado de que el evento sirviera como propaganda paracientífica. Estos profesores israelitas simplemente han mostrado la actitud correcta que la comunidad científica debe seguir en estos temas: agitadores y falsificadores fuera de la academia.

jueves 17 de julio de 2008

La racionalidad tiene mala prensa

Hace poco confesaba Arcadi Espada en Aranjuez no conocer a más de tres o cuatro periodistas españoles abiertamente reconocibles como "ateos". Algo similar ocurre entre la clase política. En cuanto alguien accede al foro público, se diría que padece la irresistible obligación de aparecer como creyente en un sentido más o menos fuerte, desde los más confesionales, que lamentan la descristianización de Occidente y abominan explícitamente el "laicismo", a los más confusos: "multiculturalistas", "teístas", "deístas" o "agnósticos". El panorama ya fué descrito en su día por Ortega: los hombres pueden tener ideas, pero las creencias son un destino humano mucho más fuerte porque configuran el paisaje de la razón vital.

No sólo el ateísmo. La fortuna de la constelación de nombres asociados con la racionalidad y, en particular, con la crítica religiosa -Robert Redeker también insistía en el fácil deslizamiento del respeto al miedo- no es muy prometedora. Empezando por "racionalismo", que muchos se precipitan a asociar con la guillotina y la Diosa Razón, continuando con el materialismo, vinculado con frecuencia a los crímenes del comunismo, y llegando por último al naturalismo, despachado fríamente como una mitología "cientificista" de la naturaleza. Recelos similares suscita el término "Humanismo secular", entre los propios increyentes incluso.

Pues bien, celebrando el aniversario de Darwin, una blogger del New York Times acaba de proponer que nos libremos definitivamente de uno de los últimos títulos insidiosos de la racionalidad: "Darwinismo":

¿Por qué (el darwinismo) es un problema? Porque es extremadamente confusionista. Sugiere que Darwin fué el principio y el fín, el alfa y el omega, de la biología evolucionista, y que el tema no ha cambiado mucho desde los 149 años de la publicación del "Origen". No lo fué, y sí ha cambiado. Aunque muchas de sus ideas -la selección natural y sexual entre ellas- permanecen como fundamentos de la biología evolucionista, el campo ha resultado completamente transformado. Si pudiéramos regresar en el tiempo y traer a Darwin al presente, encontraría ininteligible mucha de la biología evolucionista, al menos hasta que no encontrara tiempo para estudiar la genética, la estadística y la ciencia computacional.
Por supuesto, Olivia Judson, y los comentaristas de Science blogs tienen razón en lo esencial: la evolución no es Darwin, y el "darwinismo" se ha convertido en una denominación denigrante en manos de los creacionistas. ¿Pero por qué deberíamos renunciar a una apropiación positiva? En cierto modo, este consenso emergente entre los propios partidarios de la racionalidad refleja una pequeña victoria de la cosmosivisión religiosa que exige un paso adelante para recuperar los nuevos términos prohibidos: racionalismo, laicismo, ateísmo, darwinismo, materialismo, naturalismo y humanismo secular incluídos.

martes 15 de julio de 2008

Edward O. Wilson: catedrales y colmenas

Edward O. Wilson (79 años recién cumplidos) es un naturalista a la vieja usanza, lo suficientemente revolucionario como para prometer la alquimia de las humanidades y las ciencias, y lo suficientemente conciliador como para llamar a la alianza de la ciencia y la religión cuando se trata de "salvar" el planeta. Hoy lo encontramos fascinado con el descubrimiento de nuevas especies de hormigas en las selvas de Brasil; algunas de ellas, según el reportaje de NYT, tan extrañas que apenas parecen seres de este planeta. Pero Wilson es conocido por algo más que por los superoganismos y la eusocialidad. Desde que publicó una síntesis inicial, allá por 1975, la peligrosa sugerencia de que el comportamiento humano podría tener una importante base genética y una amplia base para la analogía animal sigue desconcertando y provocando controversias desde los colegas en Harvard (empezando por Richard C. Lewontin y Stephen Jay Gould) hasta los humanistas europeos más remotos.

Actualmente Wilson está trabajando en una novela (algo así como "El valle de las hormigas") y un ensayo sobre la historia natural del comportamiento humano que recogerá el estado de la nueva síntesis. A partir de la hipótesis del superoganismo y la selección multinivel en las especies de insectos sociales, sería posible explicar cómo es que rasgos aparentemente implausibles, como la generosidad moral y el comportamiento religioso en el ser humano, pueden haber evolucionado sin apelar necesariamente al concurso de un diseñador. Ni héroes fundadores ni pueblos escogidos; la idea es tan políticamente incorrecta porque desafía tanto el individualismo "victoriano" como el conservadurismo religioso: moralidad y religión aparecerían como productos evolutivos que surgen de la competición por los recursos entre grupos: "Grupos con hombres de calidad, valientes, fuertes, innovadores, listos y altruístas, tenderían a prevalecer, como dijo Darwin, sobre aquellos grupos que no poseyeran esas cualidades tan bien desarrolladas".

La "catedral" de las termitas

jueves 10 de julio de 2008

¿El naturalismo es un humanismo?

La contradicción surgió de forma explícita en Aranjuez, aunque allí no tuvimos tiempo de desarrollarla. Se trata de averiguar en qué grado lo que llamamos "humanismo secular" es compatible con una "ética animal" cada vez más activa y desafiante. El problema es muy interesante, puesto que el desarrollo de una verdadera ética naturalista en absoluto puede considerarse independiente de los distintos cursos científicos y filosóficos (primatología, etología, sociobiología, neuroética &c) que han confluído -desde la "revolución naturalista" sugerida por Darwin- en el extraño proyecto de extender el círculo moral más allá del género humano. Como es sabido, Peter Singer y sus colaboradores del Proyecto Gran Simio han propuesto incluso conceder "derechos humanos" a los simios, y su ética animalista se fundamenta explícitamente en la crítica del "especieísmo" humano. En último término, una cierta lógica naturalista apuntaría a descubrir el "velo de ignorancia" no sólo sobre la comunidad moral de los simios, sino sobre el resto de los animales contra los que el ser humano ejerce un dominio supuestamente despótico y criminal.

No cabe duda de que este es el debate ético-científico más importante del presente sobre la definición del "humanismo", desplazando completamente remotas controversias metafísicas sobre el descentramiento del ser humano en favor de Dios o el "Ser", para recordar la polémica de los teólogos, Heidegger y Sartre, resuelta por éste en un clásico texto. Igual que la ética naturalista, Sartre pretendía liberar la acción humana de los valores trascendentes. Pero si entonces el inconveniente parecía ser el quietismo, la desesperación o la fatalidad a la que abocaba el materialismo llevado a sus últimas consecuencias, hoy el problema más acuciante tiene que ver con el modo en que preservamos una distinción moral no dogmática entre la humanidad y el resto de los seres vivos.

Es preciso aclarar que no todos los materialistas o naturalistas participan de la idea de extender "la igualdad más allá de la humanidad". Gustavo Bueno tiene alguna reflexión interesante sobre el particular y su discípulo Iñigo Ongay ha alcanzado en su tesis doctoral una conclusión no muy favorable al PGC; dicho en forma de titular periodístico: "El Proyecto Gran Simio es un disparate". Es más, el propio Peter Singer, en una discusión a la que es llevado contra las cuerdas por el etólogo Frans de Waal, reconocía que la idea de "derechos humanos" aplicada a los simios forma parte más del activismo político que de la discusión filosóficamente rigurosa. De Waal es él mismo otro naturalista éticamente "tibio" que ha merecido muchas críticas desde los movimientos de "liberación animal", incluyendo el PGC, por su parcial defensa de la experimentación con animales.

No hay "soluciones mágicas". Como sucede con los principales problemas que afectan a la naturaleza humana y el comportamiento moral, es dudoso que la controversia entre humanistas y "antihumanistas" pueda resolverse apelando exclusivamente a los cursos positivos de las ciencias. Cualquier teoría moral mínima debería incluir una difícil combinación crítica de emotividad, sentido común, saber tradicional y racionalidad científica.

domingo 6 de julio de 2008

La declaración de Aranjuez

La semana pasada había cosas en Aranjuez más interesantes incluso que el Fumadero Árabe de Isabel II. Aunque no llegué hasta el martes, me consta que Antonio Elorza e Ibn Warraq ya habían estado profesionales y desafiantes. El miércoles intervino Santiago González, un liberal bilbaíno de los de antes, para reivindicar el espíritu de Salustiano de Orive, todo un anticipado de la empresarialidad escéptica: "No creo en Dios ni en el licor del Polo". Arcadi Espada resucitó los viejos problemas de la "ciencia española", arremetió contra los vicios del colectivismo y -citando a Dennett- animó a la organización del lobby secularista. En la línea, Teresa Giménez Barbat -sin la que nada de ésto habría tenido lugar, seguramente- ofreció la ponencia más comentada, una presentación sólida defendiendo la viabilidad del humanismo secular frente a las reticencias "semánticas". Algunos coincidimos también en que es realmente el momento, pese al silencio inquietante de los medios.

Justo después de mi apología del naturalismo y del materialismo, el viernes, compareció Robert Redeker pronunciando la verdadera "Declaración" no escrita de Aranjuez (de acuerdo con mi libre resumen):

1) El llamado "respeto" por lo sagrado es, en realidad, otra palabra para denominar el miedo de la libertad.

2) La nueva "laicidad" (sana, positiva...), sólo es una macabra mascarada de la teocracia.

3) Es preferible una alianza de civilizados a una alianza de civilizaciones.
Por supuesto, me dejo muchos detalles y referencias que merecerían comentario (Savater, Gorriarán, Sabadell, Ares...). Gracias a Jorge, Juan Antonio, Teresa, Alex, Fernando, Andrés, Luis, Roger, Salustio y todos los demás.

domingo 29 de junio de 2008

Controversia sobre Jesús

La publicación en 2007 de Jesús. Aproximación histórica, de José Antonio Pagola, no sólo ha alcanzado un gran éxito comercial, sino que ha desatado una interesantísima polémica teológica resuelta con una demoledora "nota" emitida por la Conferencia Episcopal. Entre los críticos de Pagola destaca José Antonio Sayés, autor de algunos de los libros más representativos de la cristología católica reciente.

En el fondo, la polémica enfrenta dos interpretaciones difícilmente reconciliables sobre la figura de Jesús y sobre la idea de religión en general: quienes como Pagola, profundizan en una actitud librepensadora compatible con el desplazamiento secular de la religión, y quienes, como Sayés o la Conferencia Episcopal, pretenden conservar la constitución dogmática y el concepto de racionalidad teológica asociado con ella.

Para el creyente la religión no puede ser sólo historia natural, sino ante todo historia sagrada, relato de las hierofanías, como las llamaba Mircea Eliade, o de la relación de los seres humanos con "lo numinoso" (no natural), a la manera de Rudolf Otto. Así como no es posible "naturalizar" la religión sin destruirla, tampoco se puede "humanizar" del todo a Jesús -en el sentido de cuestionar su divinidad y algunos de sus títulos mesiánicos-, convirtiendo el anuncio del Reino (Mc 1, 15) encarnado en su propia persona (autobasileia), y la condenación de los que niegan su misericordia personal (Jn 3, 16-21; 5, 24), en una doctrina "ética" o social. La "experiencia" que siente Jesús tras ser bautizado por Juan el Bautista, por ejemplo, (Mc 1, 9-10) no puede ser para el creyente una "experiencia" psicológica corriente, puesto que es también una teofanía, y el mismo problema se manifiesta en la "naturalización" de los milagros como curaciones, o de las "apariciones" de Jesús tras su resurrección. Por supuesto, Pagola tiene todo el derecho a naturalizar el relato evangélico. Lo que es mucho más dudoso es que esta "desmitologización" o nueva "tentación arriana" pueda caber en el dogma. En este sentido, la conferencia episcopal tiene toda la razón al exigir rectificaciones en el texto de Pagola para obtener un nuevo imprimatur.

LECTURA: Teología y secularización en España (Instrucción pastoral, 2006). Sobre cristología: Jesús, el cristo, Walter Kasper (Sígueme, 1999), El Jesús histórico, Gerd Theissen (Sígueme, 1999), Señor y Cristo. Curso de cristología, José Antonio Sayés (Palabra, 2005). Crítica: Alegato contra el cristianismo, Michael Martin (Laetoli, 2007)

martes 24 de junio de 2008

La teoría de la evolución cumple 150 años

El próximo día 1 de julio se cumplirán 150 años desde que la teoría de la evolución por selección natural fuera presentada al público por primera vez, en 1858. El evento tuvo lugar en la Sociedad Linneana de Londres, y consistió en una lectura pública de los trabajos de Darwin y Wallace en la que estos estuvieron ausentes. Alfred R. Wallace aún se encontraba en el archipiélago malayo, donde trabajaba coleccionando especímenes naturales para su venta y estudio, y Darwin permanecía en duelo por la muerte de su joven hijo Charles.

Es curioso recordar las circunstancias del descubrimiento paralelo de la selección natural. Wallace era un naturalista impetuoso, de orígenes humildes, y que tuvo que desempeñar oficios prácticos para desarrollar su carrera científica. En contraste, Darwin procedía de una familia ilustre, recibió una educación universitaria y siempre pudo llevar una vida desahogada. Wallace necesitó una convalecencia por malaria para reflexionar sobre las consecuencias evolucionistas de la enfermedad, mientras que a Darwin le bastó un camino de arena en el jardín para dar forma definitiva al decubrimiento. El ocio aristocrático y la malaria resultaron ser dos grandes contribuyentes a la ciencia moderna.

Según Robin McKie, El origen de las especies, publicado un año después de la conferencia en la sociedad linneana, fué el primer texto científico deliberadamente concebido como divulgación popular. Esto es algo discutible, ya que los antiguos académicos siempre distinguieron las obras esotéricas y las exotéricas, concebidas para el público en general. Incluso puede discutirse que los mismos Principia de Newton pertenezcan a este segundo tipo. Al fín y al cabo Newton también incubó las ideas sobre la gravitación universal durante varios años en Cambridge, y la publicación de la obra sólo tuvo lugar gracias al último estímulo de Hooker o Halley. Lo que sí se puede afirmar es que buena parte del impacto cultural de El origen procede de la literatura deliberadamente divulgativa y provocadora de Darwin, verdadero origen de la revolución naturalista al criticar explícitamente la "creación especial" de las especies y comenzar a sugerir un origen común del ser humano y el resto de los animales (un "peligroso" paso que Wallace no completó del todo).

En febrero de 2009 se celebrará el 200 aniversario del nacimiento de Charles Darwin.

domingo 22 de junio de 2008

La tierra no es plana

La teoría del conflicto de las clases sociales como motor de la historia era incapaz de dar cuenta de la historia positiva efectiva y, muy especialmente, de la historia de las Guerras mundiales del siglo XX, de la Primera (del 14 al 18) y de la Segunda (del 39 al 45). A pesar de los movimientos en contra de la guerra promovidos por los partidos comunistas franceses o alemanes, cuando llegó el momento, las guerras estallaron, y el gobierno socialdemócrata alemán fusiló a los espartaquistas, a Rosa Luxemburgo y a Liebknecht. Difícil explicación tenía, desde la teoría de la lucha de clases, la razón por la cual los obreros franceses, hermanos de clases de los obreros alemanes, por alienados que estuviesen, luchaban entre sí como franceses o alemanes, dejando de lado su fraternidad proletaria. La condición de franceses (de miembros del Estado francés), o de alemanes (de miembros del Estado alemán) pesaba más que su condición de miembros del proletariado universal.

- Gustavo Bueno, dándole la vuelta a Marx.
Ni la lucha de clases ni el capitalismo global han conseguido suprimir al estado. Todo lo contrario. La tierra no era "plana" entonces, y continúa sin serlo hoy, como reconocen Robert Kagan o Pankaj Ghemavat.

sábado 21 de junio de 2008

Dos teorías sobre el alma

El ministro socialista Bernat Soria ha concitado una pequeña controversia, sobre todo en los medios católicos, después de atreverse a asegurar en una conferencia que "los embriones no tienen alma hasta pasados al menos 14 días". El criterio es empleado habitualmente por los investigadores biomédicos con células madre embrionarias, puesto que en los primeros días tras la fertilización muchas de ellas se dividen dando lugar a gemelos: "(...) de haber habido alma ¿qué pasó con ella?". Además, en general se considera que no hay cerebro o sistema nervioso en estos primeros días. Soria no es el primero en calibrar la edad del alma. Con otros criterios, Aristóteles ya había cifrado en 40 días para el hombre y 80 para la mujer el tiempo necesario para que se formara el "alma" en los seres humanos.

En general, y con la debida prudencia ante abstracciones tan tajantes, podríamos distinguir dos tradiciones teóricas para enfrentarse a la idea de "alma". Una esencialista y fijista (platónica) y otra gradualista o dialéctica (aristotélica-darwiniana). La teoría esencialista, especialmente en su versión fuerte (animación inmediata), es dominante en la teología cristiana. Una versión más suave (animación progresiva) puede encontrarse en Tomás de Aquino, que se inspira en Aristóteles. Para los esencialistas cristianos el alma es una esencia exterior a la materia, últimamente debida a Dios, más que un proceso de la materia (hoy diríamos: de la neurobiología del cerebro). Esta idea tiene una importancia especial en nuestra cultura, porque a juicio de muchos creyentes la "dignidad" y la moral humana no pueden salvaguardarse sin un fundamento espiritualista y trascendente al cuerpo.

A pesar del atractivo natural del esencialismo, el pensamiento gradualista es de hecho abrumadoramente favorecido hoy por el naturalismo científico, sobre todo tras la publicación de El origen de las especies. Este cambio substancial en la descripción científica del mundo, pasando de una rígida scala naturae a los complicados árboles evolutivos darwinianos (más complicados aún hoy) ha sido muy bien explicado por Ernst Mayr, como he recordado aquí tantas veces. Además de alterar las concepciones sobre la evolución de las especies, el "pensamiento de las poblaciones" no podía dejar intactas a las teorías tradicionales del alma, y es muy improbable que ningún candado teológico (o positivista, al estilo de Bernat) pueda clausurar el debate con afirmaciones dogmáticas.

Sería posible objetar que lo más parecido a una "ciencia del alma" actual, es decir, la neurociencia, no se ocupa propiamente del "alma", sino de las neuronas, las sinapsis, o los neurotransmisores, entre otras categorías manejables empíricamente, pero también es evidente que todos estos programas de investigación impactan en el entendimiento tradicional y retan concepciones intuitivas. El "alma" (en el sentido de Ryle) es una hipótesis intratable que ha sido virtualmente eliminada por las ciencias del cerebro y de la vida. No se espera a ningún neurocientífico riguroso buscando "fantasmas" en la máquina. Pero esta "eliminación" es por de pronto epistemológica, no tanto práctica. Larry Arnhart insiste habitualmente en que la reflexión bioética debe combinar la emoción y la razón, por lo que desestimar -a priori- el papel sentimental que juegan las ideas sería una actitud poco científica, y contraria en particular al naturalismo. En este sentido, la objeción de Bernat Soria es más interesante de lo que suponen algunos conservadores religiosos, pero mucho menos definitiva de lo que parece presuponer el mismo ministro, si damos crédito al titular periodístico.

jueves 19 de junio de 2008

Dialéctica

Yo no creo que la dialéctica sea peor que la ingeniería de caminos porque en general la técnica no me parece inferior en dificultad a la teoría. Sin embargo, es una ciencia difícil, incluso peligrosa. Platón mismo, intuyendo el "núcleo revolucionario" de una forma de pensar que se proponía nada menos que cancelar las apariencias, recomendaba que no se enseñara a los menores de 30. Hay tres obras que pueden ponérnoslo más fácil. Las Lecciones de filosofía de la historia universal de Hegel, una ocasión para visualizar el despliegue de la Idea en la historia universal bastante libre del estilo esotérico de la Fenomenología. Dialéctica del amo y el esclavo en Hegel, de Alexandre Kojeve, una buena exposición incluso para profanos. Por último, los ensayos de Georg Lukacs, Historia y conciencia de clase, en especial el primero, Marxismo ortodoxo.

Lukacs opone la "ciencia burguesa" al "método dialéctico". El materialismo burgués es contemplativo, teórico, renuncia a encontrar revulsivos prácticos y pretende que las categorías científicas (de la economía política, en particular) reflejan aspectos atemporales de la "naturaleza humana". Contrasta con la dialéctica marxiana, que persigue la transformación social mediante la crítica radical de la "mitología del concepto":

La ciencia que reconoce como fundamento de la realidad científicamente relevante el modo como esos hechos se dan inmediatamente, y su forma de objetivad como punto de partida de la conceptuación científica, se sitúa simple y dogmáticamente en el terreno de la sociedad capitalista, y acepta la esencia, la estructura objetiva y las leyes de esta, de un modo acrítico, como fundamento inmutable de la "ciencia".

(...) El ideal cognoscitivo de las ciencias de la naturaleza, el cual, aplicado a la naturaleza se limita a servir al progreso de la ciencia, resulta ser, aplicado al desarrollo social, un arma ideológica de la burguesía. Es vital para la burguesía entender su orden productivo como si estuviera configurado por categorías de atemporal validez, y determinado para durar eternamente, por obra de las leyes eternas de la naturaleza y de la razón.
Si logramos despojar su aire típicamente mesiánico e histriónico, el análisis materialista marxista sigue siendo válido como crítica del naturalismo ingenuo y dogmático, y de las ideologías que auguran el "fin de la historia". Un prominente científico natural, Sloan Wilson reconocía hace poco que el papel del constructivismo social sigue siendo insoslayable para distinguir las particularidades (históricas, culturales) de la acción humana, y también Scott Atran, al explorar las diferencias culturales de la cognición, alcanza una conclusión similar.

martes 17 de junio de 2008

Desequilibrio social

A diferencia de Kantor, mi interés por la teoría económica es algo más externo y menos especialista, pues está subordinado al enfoque naturalista que trata de desarrollar esta bitácora. Con "naturalismo" no me refiero, por supuesto, a muchas interpretaciones comunes del término ("biologicismo", darwinismo social, reduccionismo vulgar, animalismo, vegetarianismo...) sino al marco teórico corrientemente asumido por filósofos y científicos del tipo de Daniel Dennett (filosofía evolucionista de la mente), Patricia Smith Churchland (neurofilosofía), David Sloan Wilson y E.O. Wilson (sociobiología), Larry Arnhart (biopolítica), Jared Diamond (antropología evolucionista), Herbert Gintis (economía experimental), Leda Cosmides y John Tooby (psicología evolucionista), o Richard Dawkins (memética).

Racionalismo "clásico" y naturalismo

De cualquier modo, y con el propósito de aproximar posturas, hay que reconocer que los comentarios del autor de Equilibrio social habitualmente también desbordan el recinto de la ciencia económica. Kantor es un economista clásico que filosofa, o bien un racionalista clásico que sabe mucho de economía, lo cual ofrece a la discusión un interés adicional. Al menos por dos razones. En primer lugar, porque nos libramos momentáneamente de las soporíferas discusiones recortadas sobre el plano ideológico y de la "batalla de las ideas" (Socialdemócratas Vs Liberales, Liberales clásicos Vs Anarquistas de mercado, &c). En segundo lugar, porque como reconocía Hodgson, no es habitual que los economistas profesionales reflexionen sobre sus propias asunciones filosóficas.

En síntesis, aquí se trata de enfrentar dos marcos teóricos distintos: racionalismo "clásico" y naturalismo.

Los naturalistas cuestionan que las ciencias se fundamenten en una "razón" independiente de la evolución natural o en cualquier otra instancia "trascendental" (Dios, por ejemplo), así como la discontinuidad entre las ciencias y las humanidades. Por contra, el racionalismo clásico, reflejado en el desarrollo de la teoría económica durante buena parte del siglo XX, asumiría las tres tesis criticadas en su momento por Steven Pinker: 1) La tabla rasa, al independizar o aislar la economía humana de la economía de la naturaleza, 2) el buen salvaje, al asumir un "individualismo metodológico" sistemáticamente insensible al contexto y las instituciones ("En el principio fué Robinson Crusoe"), y 3) el fantasma en la máquina, al asumir una separación cartesiana entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias de la cultura.

En el principio fué la institución

De acuerdo con Geoffrey Hodgson los tiempos de la economía clásica, con su énfasis exagerado en la metodología individualista y el equilibrio, podrían estar llegando a su fín. El problema con el equilibrio (Óptimo de Pareto, Equilibrio de Nash) es que hay demasiados desequilibrios que necesitan ser explicados. Las asunciones son demasiado exigentes: la competición (tanto interna como externa) no es perfecta, las personas no poseen información completa y no hemos evolucionado para tomar decisiones siempre "racionales".

Para decirlo con David Colander, la economía standard abandona su particular "trinidad": racionalidad, egoísmo y equilibrio. En su lugar, las ideas evolucionistas (economía experimental + neuroecomomía) y el enfoque institucionalista estarían configurando mutuamente el nuevo lugar común de la teoría económica. Como es sabido para el lector de esta bitácora, desplazamientos similares están teniendo lugar también en la sociobiología.

Evolución y ciencia económica han tenido siempre un trato muy estrecho. Empezando por la influencia de Malthus en Darwin, siguiendo con la relación entre Spencer y Marshall o con la perspectiva económica darwinista favorecida por Thorstein Veblen. Pero esta relación es cada vez más próxima e innegable. En asombroso paralelo con la crítica de los psicólogos evolucionistas al modelo clásico de aprendizaje, los economistas también están descubriendo una racionalidad limitada, fragmentada, sensible el contexto y fuertemente dependiente de las instituciones. De acuerdo con Vernon Smith "las instituciones sirven como herramientas sociales que refuerzan e incluso inducen la racionalidad individual". Según los institucionalistas, en el principio no fué el mercado, sino las instituciones:

Williamson se hizo célebre por proponer que "en el principio fué el mercado". Algunos individuos entonces crean las firmas y las jerarquías, que persisten en el caso de que involucren costes de transacción bajos. Sin embargo, el mercado mismo es una institución envuelta por reglas complejas. En la realidad, los mercados envuelven normas sociales y costumbres, relaciones de intercambio institucionalizadas, así como redes de información que deben ser explicadas. Los mercados no son instituciones libres de un principio.

La institución de la propiedad privada también requiere una explicación. Se ha argumentado que generalmente puede surgir espontáneamente a través de las interacciones individuales, incluyendo la reputación y otros efectos. Sin embargo, estos argumentos teóricos se vienen abajo ante una incertidumbre radical y creciente. La posibilidad de que emerjan los derechos de propiedad en una sociedad compleja sin ningún rol por parte del estado ha sido desafiada por escritores incluso dentro de la mueva tradición institucionalista (Sened, Mantzavinos).
No sólo el individuo auto-centrado, sino la misma inter-subjetividad (¿por qué está prohibido hablar de "agencia colectiva"?), está siendo retada por la economía institucional y evolucionista. En suma, las "joyas de las corona" del Equilibrio social relucen más o menos hasta la década de los 70, pero desde entonces hay desarrollos paralelos en la economía y la bioeconomía que sugieren un cambio de paradigma con consecuencias que todavía están por evaluar.

LECTURAS: Geometría del orden espontáneo, Arturo Macías; Evolutionary and institutional economics as the new mainstream?, Geoffrey Hodgson; El caso contra la economía, Kantor.

domingo 15 de junio de 2008

Brian también se convierte

Los de Hazte Oir nos tienen acostumbrados a apropiarse sin mayores escrúpulos de antiguos "iconos progres" para emplearlos según "Dios les da a entender". Lo hicieron con Pink Floyd, y hoy le toca el turno a Monty Python. El famoso clip que utilizan ahora para parodiar la ideología de género (una tragedia que su crítica se reserve a semejantes plataformas) está extraído de La vida de Brian (Terry Jones, 1979), probablemente el mejor tratado cristológico filmado o escrito nunca, y que por eso mismo consiguió focalizar la ira de los conservadores religiosos en el momento de su estreno. Channel 4 llegó a preparar un documental, The secret life of Brian, recopilando algunas de las mejores grescas. El film fué prohibido en algunos estados norteamericanos, en la "liberal" Irlanda y en Noruega (la publicidad sueca ironizaba: "Un film tan divertido que ha sido prohibido en Noruega"), sucitando indignación popular ante la sátira religiosa no muy diferente a la que hoy destilan campañas recientes contra programas de televisión. Después de Bush, Brian.