sábado 11 de julio de 2009

Cuestión de actitud

En la ciencia, los hombres cambian sus opiniones cuando está disponible nuevo conocimiento, pero la filosofía en las mentes de muchos se asemeja más a la teología que a la ciencia.

- Bertrand Russell (Prefacio a The Bertrand Russell Dictionary of Mind, Matter and Morals, 1952)

viernes 10 de julio de 2009

10 libros del siglo XIX que cambiaron la historia

Claude Monet. Mujer leyendo (1872)

Este post también podría leerse como una recomendación de lecturas veraniegas, porque la mayoría de los libros están escritos con gran estilo. Otra cosa, naturalmente, es que se encuentren en las librerías, o incluso en las bibliotecas. En algunos casos existen ediciones digitales.

Son diez obras representativas del pensamiento secular decimonónico, aunque mucho más criticadas o aduladas que leídas.

1. Thomas Paine. La edad de la razón, 1794-1807

Paine fué el más fabuloso ideólogo norteamericano del radicalismo democrático. Aunque deísta, y buscador de la "verdadera teología", su pensamiento era ampliamente secular y racionalista, en continuidad con la tradición de Hume o Spinoza. La principal virtud de La edad de la razón fué poner al alcance del público argumentos ya conocidos por la élite intelectual, con un lenguaje franco y energético, espoleado por los acontecimientos de la revolución francesa y americana. Todavía en 2006, Christopher Hitchens ha podido advertir en el siglo XXI que "si los derechos del hombre han de sostenerse en un tiempo oscuro, necesitaremos una edad de la razón".

2. Stendhal. Rojo y negro, 1830

El antecedente del naturalismo literario posteriormente cultivado por Zola, Flaubert o Galdós. La gran obra del realismo provinciano, el retrato de la restauración europea en la era posnapoleónica, y -en definitivas cuentas, mucho más que una simple trama novelesca: un testimonio vivo e intemporal del liberalismo clásico. En particular el capítulo XVIII -bajo mi punto de vista, es una obra maestra dentro de una obra maestra.

3. David Strauss. Vida de Jesús, 1836

La crítica bíblica y la creciente erudición histórica del siglo XIX convergieron en un desprestigio creciente de la religión dogmática. Por primera vez en siglos "cristiano" o "católico" empezaban a no entenderse como algo sinónimo de "ser humano". La obra de Strauss, como la de Lachmann o Reimarus -este alcanzando conclusiones aún más radicales, venían a cuestionar los hitos más venerados del "Jesús histórico" poniendo énfasis en el carácter esencialmente mitológico y poético de los relatos evangélicos, y ayudando a crear una escisión entre historia y fe cada vez más difícil de resolver por los teólogos del porvenir.

4. Ludwig Feuerbach. La esencia del cristianismo, 1841

Según Karl Marx, "sólo de Feuerbach arranca la crítica positiva, humanista y naturalista". La teología es antropología, los atributos del Dios cristiano expresan en realidad deseos humanos proyectados fuera de sí. Sólo entonces, convertida en teología, en esencia enajenada, la imaginación humana "se convierte en una mina inagotable de falsedades, ilusiones, contradicciones y sofismas". Por descontado, la tesis de Feuerbach ha sido objeto de un escrutinio intensivo por los teólogos -y también por parte de Marx, que observó la necesidad de dar un paso más hacia el humanismo práctico por la vía del socialismo. Pero, en esencia, al devolver la religión a su lugar natural (el ser humano, la mente humana, las relaciones sociales) Feuerbach indicó el camino de toda ciencia de la religión que merece el nombre de moderna.

5. Auguste Comte. Curso de filosofía positiva, 1842

A pesar de las excentricidades en ocasiones exageradas por los detractores, la filosofía positiva contribuyó a consolidar un referente contra el idealismo de la "etapa teológica", que muchos filósofos, científicos e incluso artistas y literatos han empleado con provecho desde entonces. Acaso muchas propuestas de Comte estuvieran equivocadas, pero el espíritu positivo -valga la licencia, que encarrila la razón humana por vías no metafísicas, continúa iluminando el camino del naturalismo científico.

6. Karl Marx y Friedrich Engels. El manifiesto comunista, 1848

Con independencia de que se milite o no en alguna variante del comunismo, este Manifiesto -también una magnífica pieza literaria-, suministró la base doctrinaria más sólida e incendiaria para el movimiento obrero del siglo XIX y todo el tiempo posterior. Los liberales burgueses tenían su Declaración de Independencia de los EE.UU. o la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano proclamada por la Asamblea francesa, los demócratas radicales tenían un Rousseau, o un Saint-Simon, pero los nuevos socialistas surgidos de la doble revolución (política e industrial) debieron esperar a Marx y Engels para completar su propio partido alternativo.

7. Charles Darwin. El origen de las especies, 1859

Esta obra de la que se han cumplido recientemente 150 años revolucionó la filosofía natural al eliminar la plausibilidad del paradigma creacionista (después llamado "Diseño Inteligente") y finalista que había reinado en las ciencias naturales más o menos desde que Aristóteles fuera "bautizado" por los doctores escolásticos. Darwin consiguió sustituir la metafísica de las especies por un mecanismo físico y natural que explicaba las revoluciones del mundo de la vida de un modo mucho más convincente (e incluso más elegante) que la visión tradicional: la selección natural.

8. Charles Darwin. El origen del hombre, 1871

Solo el sentido de la prudencia demoró la publicación de esta obra en la que Darwin desveló a un público amplio la terrible verdad (para la concepción tradicional): el ser humano, al igual que las demás especies, descendía de "alguna forma inferior". Los mamíferos y los "monos superiores" forman parte de nuestra familia biológica extendida: incluso las facultades más sublimes del espíritu humano evolucionaron a partir de mecanismos ya presentes en "animales inferiores", y se puede decir que "no hay diferencia esencial en las facultades del hombre y los mamíferos superiores". Esta afirmación traumática provocó un terremoto en las ciencias naturales que poco a poco se ha ido transmitiendo también a las humanidades: la revolución naturalista.

9. Edward Burnett Tylor. Cultura primitiva, 1871

Uno de los primeros tratados sistemáticos de antropología cultural trató el tema de la "religión en la cultura primitiva" sugiriendo que fué la invención del animismo, por parte de "los antiguos filósofos salvajes", el mecanismo psicológico por el que se generan desde siempre los sistemas religiosos. El papel de las creencias animistas en la constitución de la religión sigue siendo un objeto de controversia científica, pero corresponde a Tylor el mérito de haber planteado la pregunta adecuada. Además, el carácter fuertemente materialista de la tesis de Tylor explicaría en parte la reacción de los ideólogos conservadores contra la reducción animista de las religiones, como documenta el último ensayo de Gonzalo Puente Ojea.

10. John William Draper. Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia, 1874

Otra maravilla
del intelecto "decimonónico" muy contestada al principio, ignorada más tarde, y no demasiado leída, entendida o valorada en tiempos donde prima el "acomodacionismo". En cualquier caso Draper dejó una obra indispensable para comprender la situación cultural en plena polémica a cuentas del positivismo y el darwinismo de la época. Pero su planteamiento de partida sigue siendo francamente actual: "La historia de la ciencia no es un mero registro de acontecimientos aislados. Es la narración del conflicto de dos poderes antagonistas; por una parte la fuerza expansiva de la inteligencia del hombre; la comprensión engendrada por la fe tradicional y los intereses mundanos, por otra."

jueves 9 de julio de 2009

El Dios terrible

No olvidéis nunca, jóvenes cristianas, que habéis visto a uno de los reyes más grandes de la tierra de rodillas ante los servidores de ese Dios todopoderoso y terrible. Esos servidores, tan débiles, perseguidos, asesinados en la tierra, como podéis ver por la herida aún sangrante de san Clemente, triunfan en el cielo. ¿No es verdad, jóvenes cristianas, que os acordaréis para siempre de este día? Odiaréis al impío. Seréis siempre fieles a ese Dios tan grande, tan terrible, pero tan bueno.

- Stendhal, Rojo y negro (Cap. XVIII)

viernes 3 de julio de 2009

El movimiento ateo por los derechos civiles

El respeto íntegro por los derechos civiles de los ateos es ya un excelente marcador para determinar el grado de apertura y libertad en una sociedad del siglo XXI.

El movimiento ateo por los derechos civiles podría definirse, al menos políticamente, como un esfuerzo para que las democracias resistan a la tentación de convertirse en "democracias religiosas" y para que las naciones liberales sean también -tal como reconoció Barack Obama en su discurso inaugural como presidente- naciones de "no creyentes" con plenos derechos.

El artículo 18 de la Declaración Universal de Derechos humanos ya admite "la libertad de cambiar de religión o creencia" y la lucha activa de distintas asociaciones y activistas seculares está ayudando a convertir esta pluralidad en un reconocimiento más explícito del humanismo ateo. Contra lo que afirman Grothe y Dacey, el movimiento ateo puede constituir un tema de derechos civiles y sí puede configurarse como un "movimiento de liberación", especialmente en aquellos países donde las legislaciones teocráticas aún presionian realmente contra la minoría atea.

De acuerdo con Tabash, un test para averiguar si el esfuerzo de un grupo minoritario para alcanzar la igualdad constituye un asunto de los derechos civiles consiste en conocer sí las actitudes de la mayoría hacia la minoría "reflejan prejuicios irrazonables o el deseo de negar derechos legales plenos a sus miembros". A partir de este criterio, el movimiento ateo sería un tema propio de los derechos civiles incluso en las democracias liberales de occidente donde las actitudes heredadas de la mayoría religiosa aún son muy resistentes y a veces son abiertamente hostiles contra la "minoría cognitiva" de los ateos. Esta es la razón principal por la que algunos estamos solicitando que el reconocimiento de la apostasía, el respeto por el pensamiento laico y de la libertad de los no creyentes sean temas explícitamente abordados por los foros internacionales.

Creemos que el tratamiento de las iniciativas seculares que dan los medios y los grupos religiosos sigue siendo intransigente y desequilibrado incluso en los países occidentales, donde aún sigue dándose por sobreentendido un cierto privilegio público de lo religioso.

Así lo demuestra, recientemente, la amplia reacción de la derecha religiosa contra el más o menos improvisado "bautismo civil" del hijo de una actriz en Madrid. Mucho más que una crítica del presunto "intervencionismo" del estado en la vida privada de los ciudadanos, lo que se transparentaba en estas críticas era un resentimiento generalizado contra el asociacionismo humanista y laico, como si los ritos de paso fueran un patrimonio católico y no -como apunta Teresa Giménez Barbat- una herencia común a toda la humanidad. Parecidos reproches ha provocado estos días una iniciativa singular de AC Grayling y Richard Dawkins para organizar un campamento infantil con el terrible y disoluto propósito de promover el pensamiento crítico y de "animar a que los niños piensen por sí mismos, de forma escéptica y racional". Algunos críticos han acariciado incluso los más remotos confines de la imbecilidad en esta oportunidad, como cuando un columnista de un diario religioso relacionó a los seguidores de la memética y de Dawkins "con otras manifestaciones gnostico-sincréticas de las nuevas espiritualidades"...

jueves 2 de julio de 2009

"Errores" modernos

Pues sabéis muy bien, Venerables Hermanos, se hallan no pocos que aplicando a la sociedad civil el impío y absurdo principio que llaman del naturalismo, se atreven a enseñar «que el mejor orden de la sociedad pública, y el progreso civil exigen absolutamente, que la sociedad humana se constituya y gobierne sin relación alguna a la Religión, como si ella no existiesen o al menos sin hacer alguna diferencia entre la Religión verdadera y las falsas.» Y contra la doctrina de las sagradas letras, de la Iglesia y de los Santos Padres, no dudan afirmar: «que es la mejor la condición de aquella sociedad en que no se le reconoce al Imperante o Soberano derecho ni obligación de reprimir con penas a los infractores de la Religión católica, sino en cuanto lo pida la paz pública.»

- Syllabus (1864)

martes 30 de junio de 2009

Religiosidad y estado del bienestar

Según la hipótesis conservadora standard sobre el origen de la religión, somos religiosos por naturaleza. La escolástica cristiana incluso reconocía a la teología natural como un "preámbulo de la fe" (cristiano-católica) que permitía al ser humano conocer la existencia de Dios mediante su razón natural, y se consideraba comúnmente que sólo una cuidadosa ingeniería social atea sería capaz de erradicar este "instinto" místico.

Sin embargo, el cuadro que surgía de un trabajo de Gill y Lundsgaarde (2004) (*) ya era bastante diferente. Estos autores mostraban una inquietante relación positiva entre factores mundanos y espirituales, sugiriendo la hipótesis central de que "el nivel de participación religiosa debería variar de acuerdo con el nivel per capita de bienestar social proporcionado por el estado". En resumidas cuentas: a mayor "bienestar" -a mayor proporción del PIB gastado en servicios públicos por los estados- menor necesidad de religión. A mayor renta per cápita, urbanización, regulación gubernamental de la religión, educación y pluralismo ideológico, menor religiosidad: No es la ingeniería atea, sino el bienestar.

La hipótesis parece bastante plausible para la mayor parte del mundo, aunque las evidencias son más ambiguas para los EE.UU.:

Relación entre el grado de religiosidad y gasto público en bienestar

Este programa de investigación (que explorará un próximo artículo en Journal of Religion & Society) plantea la cuestión de hasta qué punto la religión depende del stress y la depauperación social, más que de una impasible "naturaleza humana", como ya intuyera Marx. De hecho, es fácil reconocer que los métodos de la caridad cristiana para erradicar -o incluso aliviar- la pobreza han sido completamente ineficaces, como ilustra la historia de los estados pontificios, y que la llamada "doctrina social" de la Iglesia, a raíz de la Rerum novarum (1891), fué de hecho una reacción católica tardía a la doble revolución liberal del siglo XIX.

(*) Gill, Anthony & Erik Lundsgaarde. 2004. State Welfare Spending and Religiosity: A Cross-National Analysis. Rationality and Society 16 (4): 399-436.

lunes 29 de junio de 2009

Hecho por mamíferos

Por Andy Marlow. Reason Project

domingo 28 de junio de 2009

Sobre la historia del periodismo científico

Nature -la revista científica por excelencia, cuyo primer número data de 1869- publica un trabajo muy interesante este mes recapitulando el periodismo científico desde sus orígenes del siglo XIX hasta los nuevos medios del siglo XXI.

Rensberger se remonta hasta el primer "escritor científico" moderno, H.G. Wells, que ya a fines de siglo XIX reclamaba la especialidad como un medio indispensable para transmitir la ciencia al público, tendiendo puentes entre la cultura científica y literaria: "Los principios fundamentales que subyacen a historias como 'Los asesinatos de la calle Morgue' de Poe o la serie 'Sherlock Holmes' de Conan Doyle son precisamente aquellos que deberían guiar al escritor científico".

Realmente hubo un tiempo en que la ciencia importaba en el periodismo. Hacia 1904 el redactor jefe del New York Times era Carr Van Anda, que conocía la física y la matemática de la época tan bien como para rectificar un error en una conferencia de Einstein.

De acuerdo con el historiador del periodismo científico Bruce Lewenstein, durante los años 30 y 40 los periodistas o escritores (la Asociación Nacional de Escritores Científicos se fundó en 1934) científicos asumían el compromiso de "persuadir al público para que aceptase la ciencia como salvadora de la sociedad". Este fuerte compromiso de principios de siglo era una herencia del positivismo y del materialismo, con su confianza en la perfectibilidad de la sociedad humana típica de los intelectuales ilustrados.

Solamente después del fin de la segunda guerra mundial, precipitada por el desastre atómico de Hiroshima y Nagasaki, el periodismo científico va desplazándose paulatinamente hacia una funcion más "crítica" y vigilante con el papel social de la ciencia. Rachel Carson, por ejemplo, denuncia en1962 los efectos de los pesticidas sobre el medio ambiente. Y por la misma época se difunden aún más -entre la intelectualidad europea sobre todo- las ideas de Horkheimer y Adorno sobre la dialectica de la ilustracion, y comienza a perpetuarse una actitud mucho más escéptica en los filosofos de la ciencia, gracias sobre todo a The structure of scientific revolutions, de Thomas Kuhn (1962).

Rensberger certifica también la crisis del periodismo científico tras la guerra fría, con un pico de interés alcanzado por las secciones y suplementos científicos en 1987 que nos desplaza lentamente hacia las incertidumbres de la "era digital" e internet.

John Hawks hace una interesante observación: ¿Por que la ciencia debe circunscribirse a una "seccion" del periódico? ¿Por qué sus noticias no van a la portada? Al fin y al cabo, convertir la ciencia en un geto consagra y justifica el fracaso del periodismo mayoritario, que puede concentrarse sin particulares problemas de conciencia en el análisis ideológico o el cotilleo. Pero la situación es aún más dramática cuando ni siquiera existen secciones de ciencia en los principales periódicos y medios de comunicación. En España -entre los principales diarios- solo El Mundo, Público y ABC cuentan actualmente con secciones propias. El País, por ejemplo -a pesar de considerarse un diario "global"-, carece de sección científica (aunque sí distingue entre "Cultura" y "Tecnología"). Y otros medios conocidos, como La Razón, Libertad Digital o Ya, entre otros muchos, desprecian olímpicamente la información científica, a la vez que mantienen varios suplementos religiosos, deportivos o de cotilleo.

"To the solid ground of Nature trusts the mind which builds for aye." -- WORDSWORTH

viernes 26 de junio de 2009

El principio de Haldane

Mi práctica como científico es atea. Esto es, cuando construyo un experimento supongo que ningún dios, ángel o demonio va a interferir en su curso, y esta suposición ha sido justificada por tanto éxito como he sido capaz de lograr en mi carrera profesional. Por consiguiente sería intelectualmente deshonesto si no fuera también ateo con respecto a los demás asuntos del mundo.

- J.B.S. Haldane (Citado por Lawrecen M. Krauss)

miércoles 24 de junio de 2009

La derecha cultural y el creacionismo

Las opiniones de Pedro Fernández Barbadillo sobre Darwin pueden provocar entre estupefacción y muecas risueñas, pero no son en absoluto raras en la derecha cultural. Todo lo contrario. El propio Barbadillo es un intelectual perfectamente aclimatado en el conservadurismo español mayoritario: colaborador de GEES, columnista en Libertad Digital y autor de un libro "AntiZP" prologado por Vidal-Quadras, al parecer uno de los promotores del "regeneracionista" y espiritualista Foro Arbil.

Es cierto que en España no existe un movimiento propagandístico del tipo del Discovery Institute norteamericano y que la teoría científica de la evolución goza todavía de una aceptación razonable, pero la actitud ambivalente de los intelectuales eclesiásticos sobre el evolucionismo (siguiendo la lógica característicamente clerical del "Sí pero no" y "Un poquito nada más" anotada por Puente Ojea) siempre ha permitido al creacionismo instintivo de la derecha religiosa encontrar vías de expresión institucionales, incluyendo universidades y respetados institutos dedicados a la investigación científica (recordemos que el mismo CSIC se proponía conjugar "las lecciones más puras de la tradición universal y católica con las exigencias de la modernidad").

Lo más frecuente, dentro de este paisaje cultural, es que los profesores y formadores de opinión católicos oscilen entre el acomodacionismo elegante de Francisco J. Ayala, típico de los científicos que no desean meterse en líos (aunque a Jerry Coyne no le convence: afirmar que ciencia y religión son compatibles porque algunos científicos son religiosos "es como decir que el matrimonio y el adulterio son compatibles porque algunas personas casadas son adúlteras") y el creacionismo populista de los intelectuales literarios que lo ignoran todo sobre la ciencia natural.

La única razón que predice el rechazo de Darwin es de carácter sectario y religioso. La única pregunta interesante que se le puede formular a un crítico del "darwinismo" es a qué iglesia pertenece. El Diseño Inteligente en particular, como apuntaba Jerry Coyne no es nada más que "la fe que no se atreve a decir su nombre", y la obligación de los educadores y los intelectuales responsables -más que entrar en debates contraproducentes con los compinches del irracionalismo -debería consistir en facilitar una formación adecuada que vacune contra el virus oscurantista.

domingo 21 de junio de 2009

OVNIS: ¿Un mito muerto?

Han transcurrido ya 50 años desde que Carl G. Jung publicó Ein moderner mythus, titulado Sobre cosas que se ven en el cielo (Nilo-Mex, 1983) en la edición mexicana que yo he vuelto a leer estos días. Todavía en 1959, después de las observaciones de Kenneth Arnold, de los primeros informes oficiales que negaban una realidad física al fenómeno o de la estrafalaria experiencia de George Adamsky, Jung podía considerar el furor por los platillos volantes como un "mito vivo" digno de la mayor atención psicológica. Según la particular visión del psicoanalista suizo, el fenómeno OVNI no sería simplemente un conjunto de relatos sin sentido como denunciaban los "racionalistas", sino una especie de rumor visionario de carácter colectivo basado en la proyección psicológica de imágenes arquetípicas. Para decirlo brevemente, según Jung por entonces estábamos viendo a Dios en forma de platillo volante, de acuerdo con los condicionantes geopolíticos e ideológicos de la época (racionalismo instrumental + guerra fría):
La situación actual del mundo es la más apropiada para suscitar la expectación de un acontecimiento redentor, supraterrestre. Si esta expectación no se manifiesta con toda claridad, ello se debe tal vez únicamente al hecho de que ya nadie tiene tan firmemente sus raíces en la cosmovisión de siglos anteriores para poder considerar como obvia una intervención del cielo. En efecto, en nuestra evolución nos hemos apartado ya mucho de la seguridad metafísica de la Edad Media, pero así y todo no tanto que nuestro fondo y nuestros antecedentes históricos y psicológicos se hayan liberado de toda esperanza metafísica.
De hecho, los OVNIS se presentan corrientemente como objetos "metafísicos", resplandecientes, parecidos a cuerpos gaseosos y que se comportan como si careciesen de peso. En suma, se manifiestan como espíritus. Y esto sin perjuicio de que el mito de los OVNIS, mientras continua vivo, conserva un importante anclaje físico y tecnológico. La expectación ante un "acontecimiento redentor" venido del espacio exterior natural y conocido (por ejemplo, de Marte) es justamente el gran tema de la ciencia-ficción de la época, encarnado en el "humanista extraterrestre" Klaatu (Ultimatum a la tierra, 1951).

Sin embargo, a medida que aumenta el desencanto por el incumplimiento de las promesas de "contacto", el fenómeno tiende cada vez más a espiritualizarse -como sucede con las demás expectativas metafísicas. Una tendencia natural que certifica la propia ciencia-ficción cinematográfica, cuando Steven Spielberg termina por imputar un origen "adimensional" a los alienígenas de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008), en franco contraste con los aliens mucho más físicos y tangibles de Encuentros en la tercera fase (1977) y, sobre todo, de E.T.: El extraterrestre, dos películas que corresponden con el auge vital del mito OVNI.

A pesar de los esfuerzos de algunos periodistas especialistas en "misterios" y otros magufos supervivientes en busca de público adolescente, hoy el mito de los OVNIS no tiene la vitalidad de hace medio siglo y es improbable que la recupere. Una actitud escéptica y desencantada es incluso la más habitual entre los propios "estudiosos" del fenómeno, como refleja -por ejemplo- este comentario de Robert Sheaffer publicado ya en los años ochenta del siglo pasado (Veredicto OVNI, TIKAL ediciones, 1994):
A pesar de su retórica altisonante, y sus pretensiones de objetividad científica, los hechos irracionales aceptados con entusiasmo por diversos grupos del movimiento ovni -"realidades alternativas", los Hombres de Negro, Hombres Murciélago, Mujeres Lobo y muchas cosas absurdas y fantásticas- identifican, con toda claridad a los ufólogos como hermanos de otros irracionalistas de épocas pasadas y presentes: astrólogos, intérpretes del aura, teósofos, promotores de la energía de las pirámides, entusiastas del triángulo de las Bermudas y muchos otros que forman una lista interminable).

viernes 19 de junio de 2009

Una simple verdad

A menudo me pregunto cómo juzgará la historia nuestra utilización de animales de laboratorio. Apuesto a que no será muy amable con nosotros. (Las futuras generaciones aborrecerán totalmente nuestra dependencia de las granjas industriales, pero esa es otra historia.) Después de todo, uno de los grandes temas de la ciencia pos-darwiniana es la interrelación de la vida. Desde la perspectiva de nuestras células, existe una pequeña diferencia entre un humano y una rata, o incluso una babosa de mar. Todos los animales emplean las mismas neuronas y los mismos neurotransmisores. Los receptores del dolor de las diferentes especies comparten un diseño similar. La sangre, la carne y la piel son construídas siempre a partir de la misma materia elemental. Compartimos el 98 por ciento de nuestro genoma con los chimpancés. La simple verdad es que no existe una clara línea biológica que separe al homo sapiens de los demás animales.

- Jonah Lehrer

Las trampas del espiritualismo

Libertad Digital publica un artículo "Contra Savater" -así lo anunciaban-, y no es que el discurso de José Luis Restán tenga mucha enjundia, pero sigue siendo representativo del estado del pensamiento eclesiástico:
No se trata, como denuncia Savater, de que ciertos clérigos se empeñen en corregir los datos científicos con dogmas y tradiciones piadosas. Esa sería una intrusión contraria a la naturaleza de la fe, respecto de la cual la Iglesia católica ha clarificado y sanado contundentemente posibles patologías.
Savater menciona el caso del Diseño Inteligente, que es un clarísismo ejemplo de que los clérigos sí son intrusos científicos habituales y de que la idea de Stephen Jay Gould sobre la ciencia y la religión como magisterios separados es un cuento. Pero en realidad los ejemplos son prácticamente incontables, y no hace falta retroceder a los tiempos de la condena de Galileo. Stephen Hawking contaba que tras una conferencia en la Academia Pontificia, Juan Pablo II les advirtió de que "estaba bien estudiar la evolución del universo desués del Big Bang, pero que no debíamos indagar en el Big Bang mismo, porque se trataba del momento de la creación y, por tanto, de la obra de Dios" (citado por Puente Ojea). El mismo Juan Pablo II, después de admitir que la evolución darwiniana era "más que una hipótesis" en su famoso discurso de 1986, terminaba escindiendo radicalmente el alcance de la ciencia empírica porque "el momento del paso a lo espiritual no es objeto de observación". ¿Cuál sería el estado del conocimiento científico, en la neurociencia, o en la cosmología científica, si los científicos hubieran hecho caso de semejantes consejos?

En realidad, Restán no sólo está afirmando que debemos tomarnos realmente en serio algunos milagros -los de Jesucristo, pero no los de Apolonio de Tiana-, sino que estas creencias absurdas y prodigiosas ni siquiera violan la visión del mundo determinada por la ciencia, fundada en el naturalismo, en el método hipotético-deductivo y en la lógica moderna. Al parecer, creer realmente en la transustanciación del pan en el cuerpo de Cristo es algo verdaderamente indispensable para terminar con la "tremenda limitación de la razón" que consiste en no tragarse historias extraordinarias y sin sentido. El propio Savater lo resumía muy bien con una frase: "Con el pretexto de que la ciencia no resuelve todos los enigmas de la naturaleza, aconsejan recurrir a la religión aunque no resuelva ninguno."

jueves 18 de junio de 2009

El animal biográfico



Peter Singer: El ser humano es el único animal capaz de ver su vida "desde un punto de vista biográfico".